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sábado, 22 de marzo de 2014

El despertar de la conciencia, vivir el presente con propósito: Dharma



En nuestra cotidianidad el hombre ha asociado el éxito con los bienes materiales, el dinero, poder, fama, prestigio porque hemos olvidado quiénes somos, pero también porque nos indicaron seudopatrones de conducta: "consigue una gran casa, un buen trabajo, un título, un esposo , una esposa , ten tus hijos, cómprate varios carros, después varias lanchas, una casa de playa, una moto, carros deportivos y serás feliz"., esta es la creencia con la que hemos crecido la mayoría de las personas. Nadie nos dijo: "Sé feliz y luego discierne qué quieres hacer con tu vida para desarrollar tus talentos, virtudes y cualidades".

Tenemos que dar vuelta el concepto: primero hay que buscar la felicidad y experimentar lo que ella nos ofrece en nuestro presente., porque., tal vez tenemos otras necesidades que las que nos prescribieron de pequeños., y aun cuando fueran esas nuestras necesidades, una vez que tengamos todos los carros, todos los bienes materiales, todos los apartamentos, y todo lo que quieras, siempre vas a estar vacío porque rechazas ir en la corriente de la esencia de la vida.

La ley del dharma, dice que nos hemos manifestado bajo forma física para cumplir un propósito. El campo de la potencialidad pura es la divinidad en su esencia, y lo divino asume la forma humana para cumplir un propósito.

Cada uno de nosotros tiene un talento singular y una manera singular de expresarlo. Existe algo que cada uno de nosotros puede hacer mejor que nadie más en todo el mundo; y para cada talento singular y para cada expresión singular de ese talento existen también unas necesidades singulares. Cuando estas necesidades se corresponden con la expresión creativa de nuestro talento, surge la chispa que crea la abundancia. La expresión de nuestro talento para satisfacer necesidades crea riqueza y abundancia ilimitadas.

Debemos preguntarnos cómo podemos servir a la humanidad y cuáles son nuestros talentos naturales. Esto nos hará estar centrados en lo que hemos venido a entregar.

Tu actitud le dice al mundo qué es lo que esperas de él.

Hay que prestar Atención Consciente de que dar y recibir son sinónimos, porque si aprendemos a dar todo aquello que buscamos recibir, lo encontraremos. Con esto quiero decir: si lo que buscas enérgicamente es amor, tienes que aprender a dar diariamente amor; si lo que buscas es prosperidad ayuda a otros a que sean prósperos y dichosos.

Inicia el día preguntándote ¿Cómo puedo ayudar con mi colaboración a esa persona?" en lugar de ¿Qué gano yo con la ayuda que le presto a esa persona?". Este solo cambio de pregunta interna, trae una gran evolución espiritual, hace que nuestro espíritu se haga presente y apoye nuestras acciones.


Transforma tu diálogo interno, escúchate y escucha a los demás. Para llegar a la Cima del Destino espiritual hay muchos caminos, algunos son vías rectas, otros son atajos que ofrecen paisajes paradisíacos., lo fundamental es que tomen el camino que les haga sentir plenos y satisfechos para su Desarrollo Espiritual, una manera es sintiendo el gozo que da el estar sintiéndose pleno con el Trabajo diario, es decir, desarrollando nuestro Dharma, desarrollando nuestra misión en la vida para colaborar con la evolución de la Humanidad.

viernes, 14 de febrero de 2014

La importancia de cuestionar las reglas sociales como parte de nuestra evolución



Desde el código genético hasta el movimiento de los astros, todo en el universo está regido por reglas y leyes que como seres humanos nos permiten observar cierta tendencia al equilibrio en medio del caos total. Nuestra sociedad no es la excepción.

La historia de la humanidad podría leerse como la tentativa de crear reglas para disminuir la incertidumbre frente a un entorno natural hostil y aumentar nuestras posibilidades de supervivencia. Sin embargo, el ser humano es un ingrediente caótico en sí mismo. Y tal vez el hecho de que a veces nos guste romper las reglas no sea sino una reacción evolutiva, paradójicamente, para sobrevivir.

Tenemos reglas de comportamiento, de etiqueta, para regular nuestras relaciones en ámbitos sociales, comerciales, políticos tanto como en los ámbitos privados: desde cómo sentarnos en la mesa hasta condicionarnos a  no decir groserías, la infancia y el juego nos enseñan que ser adulto es saber seguir reglas. El lenguaje son reglas. Las reglas son civilización y la civilización es posibilidad de hacer más civilización, de existir en la Tierra en un entorno controlado que excluya las amenazas que atenten contra nosotros.

El problema es que somos nosotros quienes estamos encerrados con nosotros mismos en la burbuja ilusoria de la civilización.

¿Se han fijado qué pasa en las calles cuando los semáforos dejan de funcionar? Caos. Todos tratan de tomar el paso. Un despistado cede y otros aprovechan: comer o ser comido. Nada ha cambiado desde hace unos 40 mil años de “civilización”.

 Las reglas (los semáforos) están ahí para que no tengamos que lidiar con nosotros mismos, para darnos la ilusión de que hay todo un sistema en torno nuestro que se preocupa por nosotros, que no dejará que nada nos lastime: el discurso político no es más que la propagación de esa ilusión. Los políticos pretenden hablarle en primera persona a cada ciudadano para asegurarle de que él o ella son importantes porque el Estado es una regla en sí misma, la culminación y la posibilidad de continuidad del aparato de regulación y control que llamamos sociedad.

Es por la existencia de reglas que la gente en las grandes ciudades necesita cada vez menos de su cerebro para ser buenos conductores en las calles, por ejemplo. No es necesario: hay señales que te indican a dónde ir y cómo; el semáforo te dice si avanzar o detenerte; el GPS de nuestros teléfonos inteligentes incluso nos dicta la ruta más corta, y está lista para hacer cambios en el plan de viaje en caso de que nuestra impericia al volante nos haga perder la salida que debíamos tomar. 

Hemos ido tan lejos que el pensar mismo (es decir, el cuestionar la existencia misma de las reglas, aunque sea para calibrar si sus beneficios siguen siendo deseables) es socialmente proscrito: las universidades no quieren investigadores que cuestionen las metodologías, sino que las sigan apropiadamente; los centros de trabajo no buscan innovación (pese a que sea prestigioso afirmar lo contrario) sino obediencia.

La televisión muestra un catálogo de las funestas consecuencias sufridas por quienes rompen las reglas: desde los noticieros hasta los reality shows, somos advertidos de las consecuencias de cuestionar el status quo. La libertad, hoy, es la libertad para cambiar de canales, en la rueda de hamster del zapping.

Todo discurso tiene fallas (incluido este), pero lo importante es no perder la capacidad de cuestionar desde nuestra propia subjetividad el estatuto de verdad de los discursos a los que estamos expuestos, vengan de la familia, la sociedad o los mass media. Una sociedad altamente estructurada como la nuestra nos permite acotar la incertidumbre a la que estamos expuestos; sin embargo, para una sociedad donde toda variable y toda incertidumbre está de antemano desactivada y prevista, nuestro cerebro es irrelevante.


La opción no es vivir en medio de la selva (donde, por otra parte, nuestra capacidad de adaptación sería forzada hasta sus límites, así como nuestra creatividad, nuestra inteligencia y nuestra inventiva, como en Robinson Crusoe), sino cuidarnos de no convertirnos en robots obedientes sólo para poder ser funcionales en una sociedad a todas luces disfuncional.