Desde
el código genético hasta el movimiento de los astros, todo en el universo está
regido por reglas y leyes que como seres humanos nos permiten observar cierta
tendencia al equilibrio en medio del caos total. Nuestra sociedad no es la
excepción.
La
historia de la humanidad podría leerse como la tentativa de crear reglas para
disminuir la incertidumbre frente a un entorno natural hostil y aumentar
nuestras posibilidades de supervivencia. Sin embargo, el ser humano es un
ingrediente caótico en sí mismo. Y tal vez el hecho de que a veces nos guste
romper las reglas no sea sino una reacción evolutiva, paradójicamente, para
sobrevivir.
Tenemos
reglas de comportamiento, de etiqueta, para regular nuestras relaciones en
ámbitos sociales, comerciales, políticos tanto como en los ámbitos privados:
desde cómo sentarnos en la mesa hasta condicionarnos a no decir groserías, la infancia y el juego
nos enseñan que ser adulto es saber seguir reglas. El lenguaje son reglas. Las
reglas son civilización y la civilización es posibilidad de hacer más
civilización, de existir en la Tierra en un entorno controlado que excluya las
amenazas que atenten contra nosotros.
El
problema es que somos nosotros quienes estamos encerrados con nosotros mismos
en la burbuja ilusoria de la civilización.
¿Se
han fijado qué pasa en las calles cuando los semáforos dejan de funcionar?
Caos. Todos tratan de tomar el paso. Un despistado cede y otros aprovechan:
comer o ser comido. Nada ha cambiado desde hace unos 40 mil años de
“civilización”.
Las reglas (los semáforos) están ahí para que
no tengamos que lidiar con nosotros mismos, para darnos la ilusión de que hay
todo un sistema en torno nuestro que se preocupa por nosotros, que no dejará
que nada nos lastime: el discurso político no es más que la propagación de esa
ilusión. Los políticos pretenden hablarle en primera persona a cada ciudadano
para asegurarle de que él o ella son importantes porque el Estado es una regla
en sí misma, la culminación y la posibilidad de continuidad del aparato de
regulación y control que llamamos sociedad.
Es
por la existencia de reglas que la gente en las grandes ciudades necesita cada
vez menos de su cerebro para ser buenos conductores en las calles, por ejemplo.
No es necesario: hay señales que te indican a dónde ir y cómo; el semáforo te
dice si avanzar o detenerte; el GPS de nuestros teléfonos inteligentes incluso
nos dicta la ruta más corta, y está lista para hacer cambios en el plan de
viaje en caso de que nuestra impericia al volante nos haga perder la salida que
debíamos tomar.
Hemos ido tan lejos que el pensar mismo (es decir, el
cuestionar la existencia misma de las reglas, aunque sea para calibrar si sus
beneficios siguen siendo deseables) es socialmente proscrito: las universidades
no quieren investigadores que cuestionen las metodologías, sino que las sigan
apropiadamente; los centros de trabajo no buscan innovación (pese a que sea prestigioso
afirmar lo contrario) sino obediencia.
La
televisión muestra un catálogo de las funestas consecuencias sufridas por
quienes rompen las reglas: desde los noticieros hasta los reality shows, somos
advertidos de las consecuencias de cuestionar el status quo. La libertad, hoy,
es la libertad para cambiar de canales, en la rueda de hamster del zapping.
Todo
discurso tiene fallas (incluido este), pero lo importante es no perder la
capacidad de cuestionar desde nuestra propia subjetividad el estatuto de verdad
de los discursos a los que estamos expuestos, vengan de la familia, la sociedad
o los mass media. Una sociedad altamente estructurada como la nuestra nos
permite acotar la incertidumbre a la que estamos expuestos; sin embargo, para
una sociedad donde toda variable y toda incertidumbre está de antemano
desactivada y prevista, nuestro cerebro es irrelevante.
La
opción no es vivir en medio de la selva (donde, por otra parte, nuestra
capacidad de adaptación sería forzada hasta sus límites, así como nuestra
creatividad, nuestra inteligencia y nuestra inventiva, como en Robinson
Crusoe), sino cuidarnos de no convertirnos en robots obedientes sólo para poder
ser funcionales en una sociedad a todas luces disfuncional.
